por Bhikkhu Bodhi
Quizás sea sintomático a la
naturaleza "engañada" de la condición humana ordinaria que pocos de
nosotros pasemos toda la vida confortablemente reconciliados con nuestra propia
naturaleza. Aun en medio de la prosperidad y el éxito, notas discordantes de
descontento complican nuestros días y sueños perturbadores espantan nuestro
dormir. Mientras que nuestros ojos permanecen cubiertos por el polvo tendemos a
localizar la causa de nuestro descontento fuera de nosotros mismos –en la
esposa, el vecino o el trabajo, en el implacable destino o en la mala suerte.
Pero cuando el polvo cae y nuestros ojos se abren, vemos que la causa real está
dentro de nosotros.
Al descubrir cuan profundamente
la causa de nuestra infelicidad está registrada en la mente, nos percatamos de
que los cambios cosmetológicos nunca llegarán a ser lo suficiente, vemos que se
requiere una transformación interna fundamental. Este deseo por una
personalidad transformada, por la emergencia de un nuevo hombre venido de las
cenizas de lo viejo, es uno de los atractivos perennes del corazón humano.
Desde tiempos antiguos ésta ha sido una potente fuente de búsqueda espiritual y
aún en la cultura secular de la afirmación del "yo" en nuestra propia
época cosmopolita, este anhelo no ha desaparecido totalmente.
Cuando conceptos tales como
redención, salvación y liberación ya no caracterizan la transformación buscada,
el deseo por una reestructuración radical de la personalidad persiste tan
fuerte como siempre, apareciendo en formas que son compatibles con el punto de
vista secular del mundo. Donde previamente este deseo buscaba realizarse en el
templo, el ashram y el monasterio, ahora se recurre a nuevas instancias: la
oficina del sicoanalista, el taller de fin de semana, la panoplia de abundantes
terapias y cultos. Sin embargo, a pesar del cambio de escenario y encuadre
conceptual, el patrón básico permanece igual. Disgustados con los baches de
nuestros arraigados hábitos, deseamos intercambiar todo aquello que es denso y
constrictivo en nuestras personalidades por un modo de vida nuevo, más liviano
y liberador.
La auto-transformación es también
un objetivo fundamental de las enseñanzas de Buddha, una parte esencial de su
programa de liberación del sufrimiento. El Dhamma nunca fue dirigido a aquellos
que eran santos perfectos. Está dirigido a seres humanos falibles cargados con
todos los defectos típicos de la naturaleza humana no pulida: conducta
veleidosa e impulsiva, mentes teñidas por la codicia, enojo y egoísmo, puntos
de vista distorsionados y hábitos que conducen al daño de uno mismo y de otros.
El propósito de la enseñanza es transformar a esas personas –a nosotros mismos–
en personas logradas: en aquellos cuya acción es pura, cuyas mentes están
tranquilas y serenas, cuya sabiduría ha penetrado las verdades más profundas y
cuya conducta está siempre señalada por un compasivo interés por otros y por el
bienestar del mundo.
Entre estos dos polos de la
enseñanza –la defectuosa y anudada personalidad que traemos con nosotros como
materia prima al entrenamiento, y la personalidad completamente liberada que
surge al final– ahí hay un proceso gradual de auto-transformación dirigida por
unas pautas muy específicas. Esta transformación es efectuada por los dos
aspectos del camino: abandono (pahāna), la eliminación de la mente
de todo lo que es dañino y malsano y el desarrollo (bhāvanā)
del cultivo de las cualidades que son sanas, puras y purificadoras.
Lo que distingue al programa de
Buddha para la auto-transformación, de la multitud de otros sistemas que
proponen una meta similar, es la contribución hecha por otro principio con el
cual está invariablemente ligado. Éste es el principio de la
auto-trascendencia, el intento de renunciar a todos los intentos para
establecer un sentido de sólida identidad personal. En el entrenamiento
buddhista el objetivo de transformar la personalidad debe ser complementado por
un esfuerzo paralelo de vencer toda identificación con los elementos que
constituyen nuestro ser fenomenológico. La enseñanza de anata (del
no-yo) no es tanto una tesis filosófica que busca una aprobación intelectual,
sino es como una prescripción para la auto-trascendencia. Ésta sostiene que
nuestro intento continuo de establecer un sentido de identidad al tomar nuestra
personalidad como "yo" y "mío", es en realidad un proyecto
nacido de nuestro aferramiento, y que al mismo tiempo es la raíz de nuestro
sufrimiento. Por lo tanto, si buscamos ser libres de nuestro sufrimiento, no
podemos quedarnos con una meta final de transformar la personalidad a una forma
sublime y elevada. Lo que es necesario más bien, es la transformación que trae
la eliminación del aferramiento y, con él, la eliminación de todas las
tendencias de autoafirmación.
Es importante destacar el aspecto
trascendente del Dhamma debido a que en nuestra época, cuando los valores
seculares "inmanentes" ascienden, la tentación de no ver este aspecto
es fuerte. Si suponemos que la valía de una práctica consiste solamente en su
habilidad para producir resultados concretos mundanos, podemos inclinarnos a
ver el Dhamma simplemente como un medio de refinar y curar la personalidad
dividida, conduciéndonos al final a la reafirmación de nuestros seres mundanos
y a nuestra situación en el mundo. Tal práctica, sin embargo, ignoraría la
insistencia del Buddha de que todos los elementos de nuestra existencia
personal son impermanentes, insatisfactorios y no son un "yo", y su
consejo de que deberíamos aprender a distanciarnos de tales cosas para por
último descartarlas.
En la práctica correcta del
Dhamma, ambos principios, tanto el de auto-tranformación como el de
auto-trascendencia, son igualmente cruciales. El solo principio de
auto-transformación es ciego, que puede conducir, en el mejor de los casos, a
una personalidad más ennoblecida pero no liberada. El solo principio de
auto-trascendencia es estéril, conduciendo a un retiro fríamente ascético
desprovisto del potencial para iluminarse. Es solamente cuando éstos dos
principios complementarios trabajan en armonía, fundidos y equilibrados en el curso
del entrenamiento, que ellos pueden puentear la brecha entre lo real y lo ideal
y traer una fructífera conclusión en la búsqueda de la cesación del
sufrimiento.
De los dos principios, el de la
auto-trascendencia reclama primacía tanto al comienzo como al final del camino,
porque este principio da dirección al proceso de auto-transformación, revelando
el objetivo hacia el cual una transformación de la personalidad debería ir y la
naturaleza de los cambios requeridos para traer el objetivo dentro de nuestro
alcance. Sin embargo, el camino buddhista no es una ascensión para ser escalada
con picos, cuerdas y zapatos con clavos, sino un entrenamiento paso a paso el
cual se va desplegando en una progresión natural. Así, el abrupto reto de la
auto-trascendencia, el renunciamiento a todas las formas de apego, es
encontrado y dominado por el proceso gradual de la auto-transformación. A
través de la disciplina moral, la purificación mental y el desarrollo de la
sabiduría penetrante avanzamos por etapas desde nuestra condición original de
esclavitud al dominio de la libertad sin trabas.
* * * * *
* Venerable Bhikkhu Bodhi. Traducción
española por Arturo Pozo del Centro Zen de México. Traducción española con permiso del Ven. Bhikkhu
Bodhi de la Buddhist Publication Society. Ensayo #16 (Verano-Otoño 1990) del
boletín de la Buddhist Publication Society. Copyright © 1990 Buddhist Publication Society. Este material puede ser reproducido para uso personal, puede ser
distribuido sólo en forma gratuita. Traducción española ©CMBT 2001. Última
revisión martes 9 de octubre
de 2001. Fondo Dhamma Dana.