VISIÓN Y RUTINA*


Bhikkhu Bodhi


Traducido por Patricia Burckle

Revisado por Ronald Martínez Lahoz y Virginia Etienne

Boletín de la Buddhist Publication Society No. 3 (Invierno de 1985)

Toda actividad humana se puede ver como una interacción entre dos factores opuestos pero igualmente esenciales - visión y rutina. La visión es el elemento creativo en acción y su presencia asegura que a pesar de las condiciones específicas que presionan desde el pasado, disfrutemos de un margen de apertura al futuro y libertad para discernir metas más significativas, y descubrir modos más eficientes para lograrlas. En oposición, la rutina proporciona el elemento conservador en acción. Es el principio responsable de mantener el pasado en el presente, y permitir que se preserven intactos los exitosos logros del presente y transmitirlos con fidelidad al futuro.

Visión y rutina se entremezclan en variedad de formas, aunque jalan en direcciones opuestas - una hacia el cambio, la otra hacia la estabilidad - y cada curso de acción puede encontrarse participando, en cierta medida, en ambas. Es necesario lograr un sano balance entre las dos para que cualquier acción específica sea significativa y efectiva. Cuando un factor prevalece a expensas del otro, las consecuencias son invariablemente indeseables. Si estamos atados a un ciclo repetitivo de trabajo que nos priva de nuestra libertad para inquirir y entender, pronto nos atascaremos, impedidos por las cadenas de la rutina. Si somos estimulados a actuar por elevados ideales pero carecemos de la disciplina para implantarlos, eventualmente, nos enredaremos en sueños o malgastaremos nuestras energías en búsquedas frívolas. Solamente cuando las rutinas son inspiradas desde adentro, por medio de la visión, es que éstas se convierten en puntos de partidas para el descubrimiento, en vez de ser prácticas monótonas obstaculizantes. Y sólo cuando visiones inspiradas dan nacimiento a acciones repetibles es que podremos bajar nuestros ideales de la esfera etérea de la imaginación al reino de los hechos. Le tomó una chispa de genialidad a Miguel Angel para contemplar la invisible figura del David en un bloque de piedra sin forma; pero requirió años de previo entrenamiento, e incontables golpes de martillo y cincel, para trabajar el milagro que nos dejaría una obra maestra de arte.

Estas reflexiones sobre la relación entre visión y rutina aplican con igual validez a la práctica del sendero buddhista. El seguir el sendero de la cesación del sufrimiento, como cualquier otra actividad humana, requiere que la comprensión inteligente de las nuevos descubrimientos de la verdad sea fusionada con la paciente y estabilizadora disciplina de la repetición. En el sendero, encontramos el factor de la visión en el recto entendimiento - el entendimiento sin distorsiones de las verdades sobre la existencia y su continua penetración mediante contemplación y reflexión profunda. Encontramos en el sendero el factor de la repetición como tarea onerosa impuesta por la misma práctica: la necesidad de emprender distintas formas específicas de entrenamiento y cultivarlas diligentemente en la secuencia ordenada hasta que rindan su fruto. El crecimiento espiritual en el sendero buddhista puede, de hecho, ser concebido como una sucesión de etapas que se alternan y en las cuales, durante una etapa domina el elemento de la visión, y durante otra, la rutina. Un momento instantáneo de la visión es el que abre nuestro ojo interno a los significados esenciales del Dhamma, luego viene el entrenamiento gradual que asegura nuestra visión penetrante, y de nuevo la urgencia para aumentar la visión que impulsará la práctica a su culminación y conocimiento final.

Aunque el énfasis puede alternar de fase a fase, el éxito final del desarrollo del sendero siempre depende de balancear la visón con la rutina, de tal manera que cada una pueda hacer su máxima contribución. Sin embargo, en la práctica nos inclinamos a darle mayor énfasis a la visión, a expensas de la rutina, debido a que nuestras mentes están programadas a fijarse sobre lo diferente y nuevo. Así que nos exaltamos con las expectativas sobre las etapas del sendero que están más allá de nuestro alcance, mientras que, al mismo tiempo, tendemos a descuidar las etapas inferiores -aburridas y monótonas, pero mucho más urgentes e inmediatas- y que se encuentran justo debajo de nuestros pies. Sin embargo, el adoptar esta postura es olvidar el hecho crucial de que la visión siempre opera sobre una base de rutina previamente establecida, que a su vez debe permitir el surgimiento de nuevos patrones rutinarios adecuados al logro de la meta que se quiere alcanzar.

Así que si queremos cerrar la brecha entre lo ideal y lo actual -entre la meta del esfuerzo vislumbrado y la experiencia vivida cada día - es necesario prestar mayor atención a la tarea de la repetición. Representa un potencial para el crecimiento dentro del Noble Óctuple Sendero cada pensamiento sano, cada intención pura, cada esfuerzo para entrenar la mente. Pero las sanas y efímeras formas de pensamientos, deben repetirse, fomentarse, cultivarse, y hacerlas cualidades perdurables de nuestro ser para convertirlas, de mero potencial, a un poder activo que conduzca al fin del sufrimiento. Débiles individualmente, cuando sus fuerzas se consolidan mediante la repetición, adquieren una fuerza que es invencible.

La clave para el desarrollo del sendero buddhista es la rutina guiada por una visión inspirada. Es la visión penetrante de la liberación final - la paz y pureza de la mente liberada- que nos eleva e impulsa a vencer nuestros límites. Pero es mediante la repetición - el cultivo metódico de prácticas sanas- con lo que acortamos la distancia que nos separa de la meta y nos va acercando a la liberación.

El buddhismo, en su primer encuentro, se nos presenta como una paradoja. Parece, intelectualmente, una delicia para los libres pensadores: sobrio, realista, sin dogmas, casi científico en su perspectiva y método. Pero si entramos en contacto internamente con el Dhamma viviente, pronto descubrimos que tiene otro aspecto que parece ser la antítesis de todas nuestras presuposiciones racionalistas. Aun no nos encontramos con creencias rígidas o especulaciones al azar, pero sí encontramos ideales religiosos de renuncia, contemplación y devoción; un cuerpo de doctrinas que trata con asuntos que trascienden la percepción sensible y el pensamiento; y - quizás lo más desconcertante - un programa de entrenamiento en el cual la fe figura como una virtud cardinal y la duda como obstáculo, barrera y cadena.

Cuando tratamos de definir nuestra relación con el Dhamma, al fin nos encontraremos retados a darle sentido a las dos caras aparentemente irreconciliables: la cara empírica vuelta al mundo, diciéndonos que investiguemos y verifiquemos las cosas nosotros mismos; y la cara religiosa vuelta al más allá, aconsejándonos que disipemos dudas y pongamos nuestra confianza en el Maestro y sus Enseñanzas.

Una manera en que podemos resolver este dilema es aceptando solamente como auténtica una cara del Dhamma y rechazando la otra como falsa o superflua. Así, con la piedad tradicional buddhista, podemos acoger el lado religioso de fe y devoción, pero mantenernos tímidamente alejados de la dura visión del mundo y la tarea de investigación crítica; o con apologías del buddhismo moderno, podemos ponderar el empirismo y la semejanza científica del Dhamma, pero tropezaremos embarazosamente con el lado religioso. Sin embargo, la reflexión sobre lo que requiere verdaderamente la espiritualidad buddhista, hace claro que ambas caras del Dhamma son igualmente auténticas y deben tomarse en cuenta. Si fallamos en hacerlo así, no solamente arriesgamos el adoptar una visión desequilibrada, sino que nuestro compromiso con el Dhamma, seguramente, se verá afectado por actitudes parcializadas y conflictivas.

Sin embargo, permanece el problema de armonizar las dos caras del Dhamma sin caer en contradicción. Es nuestra sugerencia que la clave para lograr esta reconciliación, y así asegurar la consistencia interna de nuestra propia perspectiva y práctica, descansa en la consideración de dos aspectos fundamentales: primero, la guía y propósito del Dhamma; y segundo, la estrategia que emplea para lograr este propósito. El propósito es alcanzar la liberación del sufrimiento. La meta del Dhamma no es darnos información fáctica acerca del mundo y, a pesar de su compatibilidad con la ciencia, sus metas e intereses son necesariamente diferentes de aquella. El Dhamma es, primero y esencialmente, un sendero de emancipación espiritual, liberación de la rueda de repetidos nacimientos, muertes y sufrimientos. Ofrecido a nosotros como un medio irremplazable de liberación, el Dhamma no busca meras aprobaciones intelectuales, sino que exige una respuesta que está destinada a ser enteramente religiosa. Nos remite a los fundamentos de nuestro ser y ahí, cuando está en juego la meta final de nuestra existencia, despierta la fe, devoción y el compromiso idóneo.

Pero, para el buddhismo la fe y la devoción son solamente estímulos que nos impulsan a entrar y perseverar en el sendero; y por sí solas no pueden asegurar la liberación. El Buddha enseña que la causa primordial de las ataduras y el sufrimiento es la ignorancia sobre la verdadera naturaleza de la existencia. Por consiguiente, en la ‘estrategia’ buddhista de liberación la sabiduría debe ser el instrumento principal, la visión de las cosas como verdaderamente son. La investigación y el cuestionamiento crítico, frío y sin compromiso, constituyen el primer paso hacia la sabiduría, permitiéndonos resolver nuestras dudas y entender las verdades de las que depende nuestra liberación. Pero la duda y el cuestionamiento no pueden continuar indefinidamente. Una vez que decidimos que el Dhamma va a ser nuestro vehículo hacia la libertad espiritual, debemos embarcarnos en él, dejar atrás nuestras vacilaciones y entrar en el curso de entrenamiento que nos guiará de la fe a la visión liberadora.

Para aquellos que se acercan al Dhamma en busca de gratificación intelectual o emocional, éste, inevitablemente, le mostrará dos caras, y una siempre será un enigma. Pero si estamos preparados a acercarnos al Dhamma en sus propios términos, como el método de alejarnos del sufrimiento, de ninguna manera habrán dos caras. En vez de eso, veremos lo que estaba ahí desde el principio: la única cara del Dhamma, la cual, como cualquier otra cara, presenta dos lados complementarios.

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*Bhikkhu Bodhi. Traducido por Patricia Burckle y revisado por Ronald Martínez-Lahoz y Virgina Etienne. Boletín de la Buddhist Publicacion Society No. 3 (Invierno 1985). Este material puede ser reproducido para uso personal, puede ser distribuido sólo en forma gratuita. ©CMBT 1999. Última revisión lunes, 13 de marzo de 2000. Fondo Dhamma Dana.