RELIGION Y CIENCIA*

WALPOLA RAHULA

Traducción española por Sergio Stern

 

 

 

La época en que vivimos está dominada por logros increíbles en los campos de la ciencia y tecnología.  Todos podemos estar justamente orgullosos de estos logros. El ser humano ha puesto pie en la luna y ha caminado en lo que sus ancestros, según los textos antiguos, reverenciaron como a un ser celestial. El ser humano pasa meses en cápsulas espaciales. Esta explorando los planetas y estrellas distantes. Todos estos “milagros” son llevados a cabo por el poder del conocimiento científico y la tecnología. Nuestra vida diaria, en todos sus aspectos, está permeada por la ciencia. Casi nos hemos convertido en criaturas o esclavos de la ciencia y tecnología. Pronto la estaremos venerando. Síntomas tempranos de esto es que tendemos a buscar apoyo de la ciencia para probar la validez de nuestras religiones, para justificarlas y para hacerlas modernas, ponerlas al día, respetables y aceptables.

 

Por lo tanto, no es sorprendente que algunos bien intencionados monjes buddhistas así como algunos buddhistas laicos están emprendiendo un mal aconsejado esfuerzo para probar que el buddhismo es una religión científica. Es cierto que existen algunos paralelos y similitudes entre la filosofía buddhista y la ciencia moderna. Estos son intelectualmente muy estimulantes, interesantes y excitantes, incluso sorprendentes. Pero son periféricos y no tocan la parte esencial, el centro, la médula, el corazón del buddhismo.

 

Consideremos someramente algunos de estos paralelos y similitudes: Asanga, un gran monje-filósofo del buddhismo mahayana en el siglo IV a. C., hablando del átomo (paramanu) dice que éste no tiene cuerpo físico o forma corpórea (nihsarira). El átomo es concebido por el intelecto (buddhi) a través de un análisis último de la materia.[1] El concepto de átomo en la física moderna guarda relación con la definición dada en un antiguo texto filosófico buddhista escrito en sánscrito casi dieciséis siglos atrás.

 

En una ocasión fui invitado por un amigo científico a visitar Saclay, un centro de investigación nuclear no lejos de París. Le enseñé esta “definición buddhista” del átomo a algunos de los físicos trabajando ahí y les pregunté que pensaban de ella. Dijeron que incluso ahora no habían trascendido esta definición. Es cierto que el átomo no tiene una forma física, no puede ser visto o tocado, su existencia es concebida por la mente, es un concepto, estuvieron de acuerdo.

 

Es sorprendente como este monje buddhista del siglo IV pudo definir al átomo para coincidir de manera tan cercana con la física moderna. No era un físico y no estaba interesado en las ciencias naturales. Era un hombre espiritual, un filósofo, que vio las cosas como eran (yathabhutam). ¿Cómo llegó a esta definición? No con la ayuda de algún instrumento externo fabricado. El “instrumento” que había utilizado fue su visión penetrante desarrollada y purificada por medio de la meditación (bhavana).

 

De acuerdo con la filosofía buddhista, como interpretado por el mismo Asanga en su Abhidharma-samuccaya, el tiempo (kala) es sólo una designación, un nombre (prajñapti), para la continuidad ininterrumpida de causa y efecto (hetuphalaprabandhapravrtti).[2] El espacio (akasa) es aquello en el cual toda actividad (sarvakrtya-avakasata), que es la continuidad ininterrumpida de causa y efecto, tiene lugar.[3]  Esto significa que no hay tiempo separado del espacio donde toda actividad, la continuidad de causa y efecto, ocurre. Ambos están interconectados e interrelacionados inseparablemente. Nada llamado tiempo existe por sí mismo. ¿No es esta una anticipación, dieciséis siglos atrás, de la teoría de la relatividad de Einstein, que incluso los científicos de la última parte del siglo diecinueve y principios del veinte encontraron dificultades para aprehender conceptualmente? Einstein anunció que el tiempo no es una entidad separada. El tiempo y el espacio están interconectados e interrelacionados. En la teoría de la relatividad, no se puede hablar del espacio sin hablar del tiempo y viceversa. Eso significa que nada llamado tiempo existe por sí mismo.

 

El buddhismo no para ahí. Va un paso más allá y dice que hay un estado que trasciende la causa-efecto y que trasciende el espacio-tiempo (akalika, kalavimutta). Ésta es la última, absoluta “verdad” llamada Nibbana, la cual está fuera del alcance de las ciencias naturales.

 

Los científicos de la era anterior al siglo diecinueve, quienes no pudieron aprehender las ideas contenidas en la relatividad, entendieron al mundo como una máquina. Con el advenimiento de la mecánica cuántica, la visión mecánica del universo tuvo que ser ulteriormente abandonada, especialmente en los niveles atómicos y subatómicos. La nueva visión científica que emergió ya no comprendió más al mundo como una máquina compuesta de objetos separados, “sino más bien como un todo orgánico o un entramado, una red de relaciones, que incluía al observador de una manera muy esencial”.

 

Quisiera enfatizar una vez más que esta última cosmovisión científica no es nueva para la filosofía buddhista, porque fue claramente y precisamente enseñada por el Buddha hace 2500 años en su doctrina del Paticcasamuppada (skt. Pratityasamutpada), originación dependiente o génesis condicionado. De acuerdo con esta doctrina, la totalidad de la existencia, incluyendo nuestra vida, es una red de interrelaciones, de causa y efecto. Las cosas surgen y se desvanecen dependiendo del surgimiento y desvanecimiento de otra cosa. Nada, animado o inanimado, en todo el universo, es independiente; nada, ni siquiera una partícula, existe aislada en sí misma. Todos los fenómenos, todas las cosas incluyendo nuestra vida, son interdependientes e interrelacionados.

 

Ahora, volviendo a la idea del átomo como un concepto que no puede ser visto ni tocado, sino sólo concebido por la mente. Ya que el mundo está hecho de átomos, éste también es esencialmente y ultimadamente, no más que un concepto. Esta idea fue claramente y explícitamente expresada en la filosofía buddhista muchos siglos antes de que haya nacido la ciencia moderna, justamente por el hermano menor de Asanga, a quien mencioné anteriormente. El era Vasubandhu, un filósofo-monje buddhista igualmente celebrado (siglo IV a.C.), quien desarrolló, de acuerdo a las enseñanzas originales del Buddha, una filosofía llamada vijñapti-matrata o citta-matrata. Vijñapti-matrata significa “únicamente una designación”, “únicamente un nombre”, “sólo un nombre”. Citta-matrata significa “únicamente un pensamiento”, “únicamente una idea”, “sólo una idea”. Esta rama de la filosofía buddhista, que está muy desarrollada, demuestra en gran detalle que el mundo, el universo, es sólo una designación, sólo un nombre, sólo una idea. Va más allá y postula que no sólo el mundo externo, sino también nuestra mente misma es sólo una designación, sólo un nombre.

 

Como se planteó con anterioridad, estos puntos son interesantes y excitantes para discusiones intelectuales, pero no tocan la religión real. Es infructuoso, insensato, buscar apoyo en la ciencia para probar verdades religiosas. Hasta donde sabemos, todas las religiones están de acuerdo en que el amor es más noble, superior, más valioso que el odio. Esto puede considerarse como el corazón de la religión. Pero esta sencilla, básica verdad moral, universalmente aceptada por todas las religiones, no puede ser probada por la ciencia en un laboratorio como un valor moral. En un laboratorio, puede demostrarse que físicamente el odio es dañino y el amor benéfico al observar los cambios en química corporal y otros efectos fisiológicos. Sin embargo, esto no nos ilumina acerca de “qué” significa el amor o el odio en un orden moral. En la religión, el panorama es más amplio. La religión explica lo que es el amor y el odio y sus valores morales y éticos, sus efectos buenos y malos en uno mismo, en la familia y los parientes y en los vecinos y en la sociedad, etc., y desemboca en la simple verdad moral de que el amor es más noble que el odio. Esto está más allá de la ciencia. El Buddha dice que la Verdad última trasciende la lógica (atakkavacara). Entonces las verdades religiosas están más allá de la ciencia. Los conceptos científicos cambian constantemente, pero las verdades religiosas no lo hacen. Es incongruente y absurdo depender de conceptos científicos cambiantes para demostrar o apoyar verdades religiosas perennes.

 

La ciencia y la religión son dos cosas diferentes. Sus objetivos y funciones no son similares. La ciencia está interesada en el análisis y estudio preciso del mundo material. No tiene corazón. No sabe nada acerca del amor o de la compasión, la rectitud o la pureza de la mente. No se preocupa por valores morales, éticos o espirituales. No conoce el mundo interno, espiritual del ser humano: conoce sólo el mundo externo, material que lo rodea.

 

Por el contrario, la religión, particularmente el buddhismo, apunta hacia el descubrimiento y estudio del mundo interno del ser humano; el mundo ético, espiritual, psicológico e intelectual. El buddhismo es una disciplina espiritual y psicológica que trata con el ser humano en su totalidad.  Es un modo de vida; es un camino para seguir y practicar. Le enseña al ser humano como desarrollar su carácter moral y ético (sila), como disciplinar y cultivar su mente (samadhi), y como obtener sabiduría (pañña) para realizar la Verdad Última, Nibbana. Le enseña al ser humano a abstenerse del mal, practicar el bien y purificar su mente. El buddhismo consiste no sólo en el estudio y el conocimiento (pariyatti), sino también en una práctica (patipatti), y en la realización de la Verdad (pativedha). Éstos son los tres pilares sobre los que descansa el edificio del buddhismo. El conocimiento sin la práctica es condenada como inútil y sin ganancia. Las ciencias naturales no se ocupan de estas cuestiones espirituales y no se proponen hacerlo.

 

Es imprudente extrapolar los descubrimientos científicos más allá del marco limitado que incluso los científicos temen pisar. Ésta es una trampa que cuidadosamente debemos evitar.

 

Nunca debemos olvidar que los científicos han brindado un servicio tremendo al progreso material de la humanidad, el cual es muy importante, y debemos siempre estar agradecidos con ellos. Pero lo que el Buddha y otros maestros religiosos como Jesucristo han hecho por la humanidad es mucho más profundo y noble. Han sido sus enseñanzas lo que ha humanizado y dignificado al ser humano. Si olvidamos el sendero moral trazado por aquellos grandes líderes espirituales, si nos desviamos de aquel camino de rectitud y de justicia, entonces algún día nos comportaremos sin dignidad y nobleza humana, nos veremos mutuamente como animales y nos odiaremos y nos destruiremos con armas, como advierte un antiguo texto buddhista.[4] Uno puede vislumbrar en el futuro el camino destructivo tomado por el desarrollo de la tecnología carente de alguna ética.

 

No es la ciencia lo que puede salvar a la humanidad; si acaso, son estas enseñanzas morales las que pueden influir en el uso de la ciencia y la tecnología no para la destrucción sino para la construcción. Si este sendero moral es olvidado, ignorado y abandonado, y si la humanidad es dejada al cuidado de la ciencia, la ciencia que no tiene corazón, compasión o valores morales, destruirá a la humanidad. Ya ahora se está dirigiendo hacia ese fin. En la actualidad una fracción grande de científicos e ingenieros son financiados por fondos militares y están trabajando para objetivos militares muchas veces sin darse cuenta de esto. Están empleando el potencial de su creatividad para diseñar armas con mayor y mayor poder de destrucción.

 

Buscar el apoyo de la ciencia para demostrar verdades religiosas y decir que la religión tiene que ser científica está fuera de lugar. La religión esta por encima y delante de la ciencia y ambas están en niveles y esferas diferentes. Una fusión entre la religión y la ciencia es esencialmente e intrínsecamente inconcebible.

 

Tal como algunos buscan apoyo en la ciencia moderna para probar que el buddhismo es científico, hay algunos otros, predicadores y escritores populares, que se inclinan por traer a filósofos y escritores modernos para proporcionar evidencia que demuestre la validez de la enseñanza del Buddha. Estas personas con buenas intenciones citan pasajes y dichos de los libros de aquellos estudiosos para mostrar que lo que el Buddha enseñó hace 2500 años es verdad. Pero no se dan cuenta que cuando evocan a un filósofo o escrito moderno como evidencia para defender o justificar al Buddha, el testigo se vuelve más importante y más confiable que el propio Buddha. ¿Qué tal si estos filósofos modernos a los que citan no estuvieran de acuerdo con el Buddha? ¿Concluirían que el Buddha se equivocó y que aquellos filósofos están en lo cierto?. El Completamente Iluminado y Perfecto no necesita el apoyo o protección de estos filósofos y escritores mundanos profesionales. Él puede pararse solo. Si están de acuerdo con el Buddha, pues mucho mejor.

 

Además algunos estudiosos gustan de examinar al Buddha y a algún filósofo contemporáneo considerando a ambos, de algún modo, como iguales o “colegas” en el mismo campo de estudio. No ven que ubicar en la misma plataforma, en la misma base, al Buddha y a un filósofo o científico, no importa que tan celebre pudiera ser, es una gran falta de respeto al Gran Maestro. Cuando se compara al Buddha con un filósofo moderno, se reduce en el acto la estatura y grandeza incomparable del maestro. El Buddha es la personificación de la Gran Compasión (maha-karuna) y Gran Sabiduría (maha-prajña).

 

En algunos libros que tratan de las vidas de grandes hombres, publicados en Occidente, evidentemente por no buddhistas, el Buddha aparece con Sócrates, Aristóteles, Tomás Moro, Martín Lutero, Benjamín Franklin, Karl Marx y así sucesivamente. Estos escritores y editores no buddhistas probablemente no fueron lo suficientemente sensibles para darse cuenta que el incluir en semejante lista al fundador de una gran religión como el buddhismo no le otorga ninguna reverencia. Pero nunca incluirían a Jesucristo en esa lista porque, en su opinión, sería faltarle al respeto.

 

El Buddha no debe ser apilado con filósofos y científicos. Él fue un inigualable (asama) maestro espiritual quien enseñó el camino para la emancipación del ser humano del sufrimiento. No estaba interesado en discusiones filosóficas y metafísicas que no otorgan ninguna ganancia. De hecho, es bien sabido, se rehusó, en varias ocasiones a discutir preguntas tales como si el universo es finito o infinito, diciendo que no eran relevantes al problema de la liberación del ser humano del sufrimiento, para el logro de la libertad y la paz, para realizar el Nibbana.

 

Comparar la enseñanza del Buddha con la ciencia moderna y con la filosofía secular encierra también un riesgo sutil de reducir al buddhismo a una mera escuela de pensamiento similar a las escuelas griegas de filosofía. Puede convertirse en un pasatiempo intelectual. La filosofía de la antigua Grecia o la filosofía moderna occidental es para estudio y discusión intelectual , no específicamente para una práctica, no para seguirse como un modo de vida. El buddhismo no es únicamente un estudio profundamente intelectual. Es más importante, primaria y esencialmente para ser practicado en la vida, un camino a seguir, un sendero a recorrer, una enseñanza para ser vivida.

 * * * * *

* Walpola Rahula. Traducción española por Sergio Stern. Transcripción electrónica por Virginia Etienne. Artículo tomado del “Maha Bodhi Journal”, Vol. 91, B.E. 2526-27, April-June 1983, Numbers 4-6. Este material puede ser reproducido para uso personal, puede ser distribuido sólo en forma gratuita. Traducción española ©CMBT 2000. Última revisión jueves 10 de agosto de 2000. Fondo Dhamma Dana.




Referencias:

[1] “Abhidharmasamuccaya” de Asanga, editada por Pruhlad Pradhan, Visvabharati, Santiniketan 1950, p.41. “Le Compendium de la Super-Doctrine (Philosophie) (Abhidharmasamuccaya)” de Asanga, traducción de Walpola Rahula, Ecole Francaise d´Extreme-Crient, Paris, p.66.

[2] Pradhan, “Abhidharmasamuccaya”,  p.11. Rahula, “Le Compendium de la Super-Doctrine”, p. 16.

[3] Pradhan, “Abhidharmasamuccaya”,  p.13. Rahula, “Le Compendium de la Super-Doctrine”, p. 19.

[4] “Cakkavattisihanada-sutta” del Digha-nikaya.